Un fenómeno y un genio

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Crónica de la 14va corrida de la Temporada Grande

Si la tarde del sábado Enrique Ponce enloqueció a la afición capitalina, Julián López “El Juli” y José Antonio “Morante de la Puebla” no se quedaron atrás y en la tarde del septuagésimo primer aniversario de la Plaza México, cada uno desde su estilo, glorificaron el toreo. Dos distintas tauromaquias. Dos distintas maneras de interpretar el toreo. Dos toreros de época. Un fenómeno y un genio.

“El Juli”, con dos trasteos de distinta factura, pero de iguales resultados, sin ir más lejos, reventó la plaza. El resultado: un público extasiado y rendido a los pies del madrileño.

En su primero, a un toro tardo y con genio pero con transmisión, Julián le bajó mucho la mano en las chicuelinas. Con la muleta, el de San Blas le encontró la distancia y hacía embestir al de la divisa azul, gris y blanco. Muletazos de poder sometían al toro y cambiados de mano donde no pasaba un alfiler llegó a pasar el toro. Emocionante faena que de no ser por el pinchazo y un feo bajonazo le hubieran llenado las manos de trofeos.

No conforme, la apoteosis llegó en el quinto. A un toro muy noble y muy templado Julián le dio verónicas y zapopinas lentísimas y ahí ya se vislumbraba lo que venía. Después de un péndulo, Julián empezó a correr la mano con tres cuartos de muleta por los suelos. El estaquillador no estaba a más de 30 centímetros de la arena. Ahí se sintió podido el animal y en franca señal de mansedumbre comenzó a rajarse y a escupirse de la suerte. Grave caso para cualquier torero que haya nacido en este planeta, pero no para Don Julián López Escobar, un fenómeno que no es de esa tierra, porque no se puede explicar de otra manera lo que sucedió después. El Juli quieto y sin inmutarse pegaba pases como de salón a un manso que no se sabía que iba a hacer. El toro daba vueltas alrededor de Julián, mientras este prodigaba su maestría y se convertía en el epicentro de un terremoto taurino. Las arrucinas, como los muletazos en redondo sobre exaltaban a un público que no daba cuenta de lo que veía. No se puede torear así, no al menos si no eres un fenómeno y de esos solo hay uno. La locura invadió los tendidos, tanto que un sector del público empezó a pedir absurdamente el indulto, afortunadamente mientras todos enloquecían, el fenómeno que toreaba se mantenía cuerdo y sin pensarlo dos veces se tiró a matar. Un pinchazo y el desencanto generalizado. El segundo rabo que se perdía por la espada en menos de 24 horas. Estoconazo para encontrar algo de justicia y llevarse dos apéndices a la espuerta. Lamentable e injustificada vuelta al ruedo a un toro que, como agravante, apenas fue picado. Anecdótico caso de cuando un fenómeno sublimó el toreo.

En su primero, a pesar de haber sorteado un inválido que no brindó la más mínima opción, con el cuarto de la tarde, Morante destapó el frasco de las esencias. Una faena con todo el sello morantista. Las chicuelinas como ni el mismo “Chicuelo” las pudo haber imaginado. El inicio muleteril, arrimado a tablas y por alto para ayudar al de Teófilo. Después vinieron los muletazos ralentizados, profundos y con la expresión torera de solo aquel que haya bebido de las aguas del Guadalquivir. Sin prisas, así torea Morante, su toreo no es de ebullición, se palpa como los buenos vinos, de a pequeños sorbos. Los adornos barrocos como aquel molinete y esa trianera inventiva que después de una tanda suprema cuando nos saboreábamos un pase de pecho, Morante decidió tocarlo de pitón a pitón para romper todos los cánones de la torería. Así son los genios, no conocen de reglas. Tomó la espada y con una ejecución magistral y a un tiempo enterró la espada tan lento como toreó. Dos orejas, tal vez justas, tal vez no, tal vez da igual el resultado numérico cuando se torea con el alma y se emocionan otras tantas. Así son los genios.

Difícil se la pusieron al confirmante, Luis David Adame. Un cartel de postín en tu alternativa es un halago, pero a la vez un compromiso del que puedes salir mal librado. Y sin haber estado mal, Luis David se vio ampliamente superado por los dos gigantes de los que ya hablamos.

En el de la confirmación las verónicas de recibo gustaron por la armonía y el compás. Pero la media con la que remató fue suprema y fue prólogo de un manguerazo de Villalta. Las chicuelinas andantes para llevar al toro al caballo, como el quite por zapopinas nos demostraron un percal adiestrado y con acento, no fácil de encontrar en estos tiempos. La muerte del toro la brindó a Joselito, su hermano el mayor. Los péndulos de inicio animaron el trasteo. Ahí en la boca de riego tandas pulcras y aseadas por ambos lados a un noble toro de Teófilo. Quizá faltó un poco de sentimiento y hondura para calar hondo. Bernardinas para cerrar la faena. Pinchazo hondo y descabello que enfrío al público. Aplausos en el arrastre al toro y al tercio el confirmante.

El sexto perdía las manos y a pesar del ímpetu de Adame por agradar, la faena se fue desvaneciendo hasta culminar en nada.

Regaló un séptimo toro de Fernando de la Mora que propició un espectacular tumbó al picador y que como sus hermanos lidiados el sábado cambió de lidia muy pronto, terminó rajándose y comportándose con mansedumbre. Una tanda en la que Adame parecía encontrar la cuadratura al círculo fue cortada por el mismo torero cuando llegaba al clímax y ahí la faena se perdió.

Ficha Técnica: Ante unas 30,000 personas en tarde muy agradable se lidiaron 6 toros de Teófilo Gómez, dispares de presentación y juego, resultando nobles pero muy mansos en general y uno de regalo de Fernando de la Mora también manso. El quinto de la tarde recibió inmerecidamente el arrastre lento.

Morante de la Puebla (negro y oro): Silencio y dos orejas
Julián López “El Juli” (arcilla y oro): al tercio y dos orejas
Luis David Adame (blanco y oro): al tercio, silencio y silencio en el de regalo.

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Author: Luis Ortega

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